Este artículo, no es un alegato a favor, antes al contrario de las demasiadas obras de la arquitectura mediática que invade nuestras ciudades y que en no pocos casos acabarán convirtiéndose en fallas y que cada vez tienen un mayor rechazo por parte de la sociedad, este artículo reivindica los Puentes como un elemento impulsor del avance social, catalizador del desarrollo de entornos y colectividades. El Puente, más allá de unir dos puntos, tiene una enorme carga simbólica.
Durante siglos la razón para la construcción de un Puente estuvo estrictamente relacionada con razones de movilidad. De hecho la segunda parte de la celebre novela “Los Pilares de la Tierra” de Ken Follet, “Un Mundo sin Fin” centra parte de la obra en una desgracia sucedida debido a un error estructural de un Puente que cruza el río y permite la entrada a la Ciudad. Ya hace décadas que esta realidad ha cambiado y, junto a las causas evidentes, una infraestructura emblemática tiene otras motivaciones que lejos de ser complementarias son decisivas.
Los Puentes se han convirtiendo, en muchos casos, en una metáfora de progreso e innovación. Más allá de la capacidad de una infraestructura, como los Puentes, de contribuir al progreso económico, son para la ciudad y el territorio que los albergan un patrimonio colectivo.
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